"No importa de dónde vienes, sino a dónde vas".

"Si puedes soñarlo puedes hacerlo".

martes, 19 de agosto de 2014

Y lo vi llorar

Era la última madrugada restante en aquel inolvidable lugar, mi tierra natal, Honduras. Como previo a cualquier otro viaje, mi despertador personal, mamá, interrumpió mi sueño a las seis de la mañana. Será que evitaba caer en depresión, automáticamente me dispuse a cepillarme los dientes, vestirme y demás sin dedicar ni segundos en pensar que me iba.
Después, salí a la terraza, el sol se asomaba por la colina. Me avisaron de que era la hora. Respiré hondo un par de veces, llenando mis pulmones de aire catracho, ahora sí que es la hora, pulmones cargados y maletas pesadas. De camino al aeropuerto, contemplé cómo se aclaraba el día y cómo los coches iban armando entre todos un rompecabezas completo en la carretera. El tráfico, el gallo de la ciudad que anuncia el comienzo de cada día, es un dato memorable y agradable sólo cuando no quieres desenterrarte de un sitio, alarga el tiempo...
Dentro del aeropuerto no ocurrió nada fuera de lo previsto: cola para facturar, esperas inquietantes, etc. Subimos por las escaleras mecánicas para entrar a la sala de embarque. ¡No! La despedida...Dije adiós, di y recibí abrazos, me alejaba, seguía agitando la mano. Mis lágrimas no cayeron hasta que lo vi llorar. ¡Lo vi llorar! Jamás lo había visto así, desde luego la mejor manera de demostrar cariño y afecto por una persona es sentir dolor por su ausencia, mientras más dolor, más amor.

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