"No importa de dónde vienes, sino a dónde vas".

"Si puedes soñarlo puedes hacerlo".

viernes, 27 de febrero de 2015

No me mires que me desgasto

Seguí mi rutina de siempre: clases, comer, biblioteca. Me senté en una de las mesas colectivas, abrí el libro de Historia y empecé a estudiar. Había un chico un poco más mayor que yo en la mesa de enfrente, vale, como cualquier otro. Pasaron dos horas, estaba un poco cansada y me estiré procurando no convertirme en el centro de atención por desperezarme como un animal. Volví a echar la vista en ese chico. Tenía una camiseta color esmeralda acabada en pico que me recordaba a un cirujano, a la vez su cara me sonaba de un joven que representó a Frondoso en una obra teatral de Fuenteovejuna. 
De repente me devolvió la mirada y yo la esquivé para no parecer una acosadora, también porque quería reirme de lo que tenía en mente, la imagen de Frondoso y un cirujano, ¡a ver lo que pensaría! Después, me sentí observada durante media hora, no podía concentrarme e intentaba mirar cualquier cosa (estanterías, mesas) menos a él, pasaba las páginas del libro para disimular. Pensé que sería más cantoso mirar hacia cualquier dirección menos hacia adelante, así que cambié el ángulo. Al parecer sabía que evitaba mantener contacto visual con él y estaba esperando a que lo hiciera, me saludó sonriendo y yo cambié de color como un camaleón. Definitivamente Historia tenía que esperar a esa noche.
Hice un descanso con N y le conté lo ocurrido. Cuando volví a sentarme para estudiar, el señor esmeralda me volvió a saludar, esta vez con cara de "por fin has vuelto". La Medicina me tiene tan enferma mentalmente que no paro de pensar en un estudiante con una camiseta esmeralda que me recuerda a un médico, ese color es tan sexy...

sábado, 7 de febrero de 2015

Números

Dicen que la edad no importa porque sólo es un número, dicen que la estatura no importa porque es un número, dicen que la nota tampoco importa porque es otro número. Ojalá pudiera pensar que nada de esto importara. Sí, sólo son números pero me pesan.
Medir 153 cm es vivir al lado de un taburete; aparentar 12 cuando tienes 17 (podría decirse que es motivo de celebración el parecer más joven pero no el dar sensación de infantilismo o inmadurez); sentir como si fueras un liliputiense en un mundo de gigantes; bromear diciendo que eres alta porque perteneces a otra especie, Australopithecus; querer darle dos besos a alguien y no poder tomar la iniciativa para parecer simpática.
Sacar un notable nunca había sido un problema, pero de cientos de carreras quieres hacer Medicina. Un 8 implica una valeriana, un 7, sufrimiento, y un 6, lamentar tu existencia.
¿Por qué? ¿No sólo eran números? Sí, son sólo números al igual que "una cárcel es sólo una habitación". .

Olimpiadas de Biología

Nada pasó como lo planeaba, pero estoy muy contenta de cómo sucedió todo. Habíamos quedado a las tres menos cuarto en RENFE y llegué unos diez minutos tarde por sobreestimar mi condición física. Avisé a K de que tardaría un poco más y me comentó que cree haber visto a los de cuarto (se supone que nos íbamos juntos) y se acababan de marchar. Me sentí culpable porque pensaba que la prueba empezaba a las cuatro y el trayecto dura una hora, así que corrí como pude.
Cogimos los billetes en ventanilla y desde que nos montamos en el tren estuvimos cronometrando el tiempo empleado en cada parada, si eran cinco minutos chillábamos de alegría y si el tren se ralentizaba, decíamos: "No vamos a llegar".
Por otro lado, me preocupé porque no tenía el número del profe y deberíamos de estar en contacto para organizarnos. Uno de los que participaban tenía una hermana en la clase de al lado, como no tenía su número llamé a otra compañera para que me diera el número de su hermana y así poder llamarla. Saltó el buzón de voz. Llamé a otro compañero y al final obtuve el número de la hermana de la concursante, sólo que su respuesta fue: "Ella no tiene móvil" :| No pasa nada, queda el otro chico, pensé en M, la mejor amiga de mi hermana que tiene como mejor amigo a un conocido del segundo participante. Misión cumplida, tengo su teléfono y pulso la tecla de Llamar. De repente recibo una llamada entrante de un número desconocido, sin embargo, los nervios de K contribuyeron a colgar la llamada. ¿Será alguien sin importancia? Devolví la llamada, era mi profe, nos esperaba en la estación. Nos aliviamos por un momento, aunque seguíamos pensando que las Olimpiadas se celebraban a las cuatro. Cuatro paradas, tres...K, ¿cuántas paradas quedan? Una, Chamartín y ya está. ("Próxima parada, Fuencarral") Nos quedamos atónitas, ¿Fuencarral?
Nos bajamos del tren y el profe estaba esperando en el andén, nos tomó una foto en la que salimos con cara de preocupación y amargura (cara de no nos va a dar tiempo). Resulta que mientras nosotras estábamos creando una mega cadena de amigos para la búsqueda de sus teléfonos, ellos hacían lo mismo. A veces cuando estás buscando algo, ese algo también te puede estar buscando.
Las Olimpiadas eran a las cuatro y media, así que flow. Después de la prueba, debatimos las preguntas y tuvimos una nueva impresión del profe, la verdad es que los profesores son muy distintos dentro y fuera de clase. No me había reído como hoy en meses.
Al regresar, K y yo dimos una vuelta y compartimos un kebap mientras seguíamos haciendo chistes frikis sobre Biología. También concluimos que es imposible comerse un kebap sin que salga la lechuga, la carne y las salsas. Fue un día maravilloso :)

lunes, 2 de febrero de 2015

Entre libros

Desde septiembre, ese edificio gris con un rótulo que pone "Biblioteca Municipal", una puerta pesada y una extensa rampa que da acceso a la sección de adultos situada en la segunda planta, se ha convertido en mi segunda casa. Al principio nos parecía un laberinto, pero es gracioso cómo cada día descubrimos algo nuevo y mejoramos nuestra orientación y dominio sobre el lugar y actualizamos nuestra versión de GPS andante.
El primer día desvelamos que había una escalera aparte de la rampa que conducía a la misma sala. Al bajar, nos encontramos una fotocopiadora tan moderna que no sabíamos usarla (de esas que me recuerdan a una máquina del tiempo), al lado había una dispensadora de snacks y en el otro extremo, un dispensador de café. Amo la máquina del café, aunque lo único que compro es chocolate caliente. Más tarde, descubrimos un área de estudio más tranquilo al otro lado del "pasadizo secreto" que daba a los baños, todos los que se sentaban ahí se centraban en sus cosas y escaseaba la "gente de bar" (personas que van a la biblioteca a hablar de su vida, fomentar sus relaciones sentimentales y de todo menos estudiar). El pasadizo tenía una puerta al principio y al final, la primera da a "la zona relajada" y la segunda a "la zona del bar".
Una tarde en la decidí reservarme un poco de espacio personal porque simplemente quería soledad, se fue la luz. Ese día "la zona del bar" estaba llena, lo más sorprendente fue que nadie se movió. Yo como estaba memorizando el reinado de Felipe V y la oscuridad me permitía ver algo más allá de mi nariz, seguí como si nada. Me di cuenta de que sin luz estudiaba mejor, lástima que perjudique la vista.
A las siete solemos hacer un descanso, y como no se puede comer en las mesas bajábamos abajo (la zona del café y la máquina del tiempo), sin embargo, trasladamos nuestro recreo a la guarida, una especie de pasillo situada a mano derecha, antes de llegar a los baños y dentro del "pasadizo secreto". Es una franja bastante curiosa, hablas y aunque te oigan no tienen ni la menor idea de dónde se proyecta tu voz, miras hacia arriba y el techo parece un cielo nocturno sin estrellas, es como estar al aire libre sin sentir frío. Su estrechez hace que al pararnos estemos casi frente a frente (podríamos no estarlo, pero somos masocas corteses y nos gusta conversar cara a cara y no hombro a hombro). Ahora entiendo por qué a los niños pequeños les gustan las casitas aunque estén apretujados dentro, lo claustrofóbico aporta calidez para quien lo soporta.

Quinceañera

Ser una de las más pequeñas de la familia significa aceptar respuestas vacías como los "lo entenderás cuando seas mayor"; acudir a las graduaciones de tus primos y jugar con las copas de cristal que hay en la mesa porque estás sentada, mientras los recién graduados se lo pasan pipa en la pista de baile; contar los accesorios que luce tu prima en sus quince, el ritmo del vals, la extravagancia del vestido que se mueve como un vaivén, los numerosos invitados, la elegancia de los trajes...Todo es de cuento, pero no te pertenece. Ansias tu propia fiesta de quince años y aún estás en primero de primaria.
Por fin llegó ese día, 16 de octubre de 2013. Tenía claro que una fiesta de ese tipo no era posible porque en España no se celebran los quince años como si se tratara de una boda, es más, lo comprobé en el cumple de N, que es peruana (algunos iban con una camiseta de Adidas y unas deportivas). No pedía un vestido con vuelo, lentejuelas y purpurina, ni flores, ni una sesión de fotos en un jardín botánico, ni salir en el periódico, ni una tarta de cinco pisos, ni quinientos invitados en una sala de trescientos. Sólo quería pasar mis quince junto a mis amigos y mi familia (15 personas), ir a la bolera porque me chifla y que me tiren de las orejas. 
Según la tradición, los quince años es el paso de niña a mujer, se celebra a lo grande porque es como una excusa para decir: "tu hija ya creció". La verdad es que no sentí ningún cambio en mí, ni físico ni moral. Será por eso mismo que la minifiesta que planeé no se llevó a cabo. Me llamaron unas horas antes para decirme que no podrían venir. Me sentí mal, muy mal, porque me había ilusionado tanto que no podía aceptar que no tendría ni vestido ni bolera. Al final quedé por petición de mis dos mejores amigos y me reí muchísimo. Me sentí muy agradecida, ese día aprendí que un verdadero amigo es el que viene a tu cumple y te dedican el tiempo que jamás recuperarán aunque tengan que cenar con los tíos o tengan un parcial de Sociales el lunes a tercera.
Ahora tengo diecisiete y no sé qué pasa que comienzo a notar los síntomas de una quinceañera, noto que estoy cambiando, que ya no soy una nena. En cuestión de meses yo también tendré mi fiesta de graduación. También me explicaron que no se madura tanto de diecisiete a dieciocho como de dieciocho a veintiuno, tal vez debería de brindar por mis dieciocho, quizás lo mejor no ha llegado. 

domingo, 1 de febrero de 2015

Cartas

Una tarde calurosa y agitada de 2007
Llegué a casa de C (su casa era mi casa, se la vendimos cuando nos fuimos de Honduras). Aún me quedaban un par de semanas para el viaje, pero ya sabía que posiblemente sea la última vez que la vea, no diré en la vida, aunque muchas veces un "hasta luego" es un adiós. Corrí por las escaleras, ni rastro de ella. Me dijeron que se había ido al pueblo de al lado y que no volvería hasta dentro de unos días, la relación entre ambas familias no era extremadamente estrecha así que me tuve que aguantar. 
Quería dejarle al menos un mensaje, primero pensé en una carta, después vi una caja de tizas. Solía usar alguna puerta como "pizarra", entonces escribí una nota detrás de una de ellas. Era algo así:
"Querida C, he venido a visitarte y no estabas. Sólo quería despedirme y decirte que aprecio muchos los pequeños y breves momentos que hemos compartido. Nunca te olvidaré y espero que tú tampoco. Te quiero. Melissa". 
Desde ese día decidí escribirle una carta (no todas las puertas pueden ser mis pizarras) a todos aquellos de los me separaré, extrañaré, difícilmente vuelva a ver o cuyo propósito en mi vida haya concluido.