"No importa de dónde vienes, sino a dónde vas".

"Si puedes soñarlo puedes hacerlo".

lunes, 2 de febrero de 2015

Entre libros

Desde septiembre, ese edificio gris con un rótulo que pone "Biblioteca Municipal", una puerta pesada y una extensa rampa que da acceso a la sección de adultos situada en la segunda planta, se ha convertido en mi segunda casa. Al principio nos parecía un laberinto, pero es gracioso cómo cada día descubrimos algo nuevo y mejoramos nuestra orientación y dominio sobre el lugar y actualizamos nuestra versión de GPS andante.
El primer día desvelamos que había una escalera aparte de la rampa que conducía a la misma sala. Al bajar, nos encontramos una fotocopiadora tan moderna que no sabíamos usarla (de esas que me recuerdan a una máquina del tiempo), al lado había una dispensadora de snacks y en el otro extremo, un dispensador de café. Amo la máquina del café, aunque lo único que compro es chocolate caliente. Más tarde, descubrimos un área de estudio más tranquilo al otro lado del "pasadizo secreto" que daba a los baños, todos los que se sentaban ahí se centraban en sus cosas y escaseaba la "gente de bar" (personas que van a la biblioteca a hablar de su vida, fomentar sus relaciones sentimentales y de todo menos estudiar). El pasadizo tenía una puerta al principio y al final, la primera da a "la zona relajada" y la segunda a "la zona del bar".
Una tarde en la decidí reservarme un poco de espacio personal porque simplemente quería soledad, se fue la luz. Ese día "la zona del bar" estaba llena, lo más sorprendente fue que nadie se movió. Yo como estaba memorizando el reinado de Felipe V y la oscuridad me permitía ver algo más allá de mi nariz, seguí como si nada. Me di cuenta de que sin luz estudiaba mejor, lástima que perjudique la vista.
A las siete solemos hacer un descanso, y como no se puede comer en las mesas bajábamos abajo (la zona del café y la máquina del tiempo), sin embargo, trasladamos nuestro recreo a la guarida, una especie de pasillo situada a mano derecha, antes de llegar a los baños y dentro del "pasadizo secreto". Es una franja bastante curiosa, hablas y aunque te oigan no tienen ni la menor idea de dónde se proyecta tu voz, miras hacia arriba y el techo parece un cielo nocturno sin estrellas, es como estar al aire libre sin sentir frío. Su estrechez hace que al pararnos estemos casi frente a frente (podríamos no estarlo, pero somos masocas corteses y nos gusta conversar cara a cara y no hombro a hombro). Ahora entiendo por qué a los niños pequeños les gustan las casitas aunque estén apretujados dentro, lo claustrofóbico aporta calidez para quien lo soporta.

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