"No importa de dónde vienes, sino a dónde vas".

"Si puedes soñarlo puedes hacerlo".

sábado, 21 de marzo de 2015

Metáfora del bizcocho

En mi familia no suele haber secretos, excepto el de que mi padre hizo en sus tiempos mozos un curso de repostería. Jamás comimos un dulce hecho por él, cada vez que sacamos el tema se excusa con razones débiles que desembocan en un "porque no". Será por esto que he desarrollado un interés por el mundo de la pastelería, me llama la atención y siempre he tenido la intención de hornear un buen bizcocho o batir un buen merengue suizo para crear en él el deseo de volver a endulzarse entre el azúcar glass.
Aún así sigo sin saber el verdadero motivo por el que ha abandonado la cocina de manera tan radical, aunque llegué a una hipótesis después de varios intentos montando nata y claras de huevo. Cuando comemos un trozo de bizcocho creemos que su proceso de elaboración es tan sencillo como el mecanismo del chupete: hay una lista de ingredientes, se echa todo en un bowl, se bate y al horno; luego nos sale una masa cruda por dentro, quemada por fuera y con forma de volcán. Eso fue lo que pensé y pasó lo que pasó: la nata se me descompuso porque no batí lo suficiente y hacía demasiado calor; confundí polvo para hornear y levadura; fundiendo chocolate blanco se me formó una pasta rara; amasando harina se me pegaba la pringosa mezcla entre los dedos...
La repostería es así de delicada, un solo error basta para que lo apetitoso se convierta en asqueroso. Supongo que mi padre está desinteresado porque sabe de sobra la energía que hay que invertir haciendo una mísera galleta. Sin duda comprándolo en el Mercadona acabamos antes, pero la gracia está en hacerlo uno mismo, todo está más delicioso (o melicioso) cuando lo haces tú porque añades un componente especial: amor.


Una tarde lluviosa de 2014
Estaba volviendo a mi casa y N me dijo que estaba triste porque ve que a su alrededor la gente podía permitirse el lujo de salir todos los fines de semana y relajarse mientras que ella se encerraba en su casa estudiando, "¿hago demasiado Melissa?". Se comparó con M, quien saca notas parecidas a ella y no hace ni la tercera parte de lo que hace ella. 
Para animarla se me ocurrió la metáfora del bizcocho, aplicando lo que la repostería me había enseñado: "N, cada persona es distinta y cada quien elige cómo hacer su propio bizcocho, lo que pasa es que tú lo haces de una manera y M de otra. No tienes que sentirte mal, estudiar para un examen es lo que todos deberían hacer y no hacen. Simplemente eres de los que siguen la receta al pie de la letra y te tomas tu tiempo tamizando harina, incorporándola poco a poco y a mano y los otros son de meter todo junto en un recipiente y batirlo con la batidora eléctrica para tardar menos. Al final tu bizcocho será el más esponjoso y rico de todos y el de los demás será comestible pero menos esponjoso y con grumos, incluso algunos pueden quedarse sin bizcocho porque los ingredientes pueden saltar por los aires si pulsan el turbo".

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