"No importa de dónde vienes, sino a dónde vas".

"Si puedes soñarlo puedes hacerlo".

viernes, 19 de junio de 2015

Milán - Verona - Padua

12 de marzo de 2015 
Anoche no había dormido casi nada, estaba emocionada porque hoy comenzaba mi aventura: ¡me voy a Italia! Era una de las pocas veces en las que estaba despierta a las seis de la mañana. En las calles predominaba el silencio, no uno sepulcral cual cripta, sino un silencio pacífico, agradable. De camino al aeropuerto de Barajas me quedé mirando cómo brillaban las luces de las farolas con la canción de El Perdón de Nicky Jam de fondo. En el avión me tocó un asiento aislado, pero me dormí mientras sonaba Fly me to the moon y la soledad sólo fue una palabra más en el diccionario.
 Al despertar, el piloto anunció que quedaban unos minutos para llegar al aeropuerto de Malpensa, también nos informó sobre el clima y la belleza de los Alpes.

Al llegar a Milán esperamos el autobús, donde conocimos a Ramón, el conductor. El interior del vehículo estaba increíblemente limpio, con un exquisito perfume a lavanda. Desgraciadamente, ese olor cesó cuando alguien sintió la necesidad de liberar gases.
 Como seguía teniendo sueño me dormí, y así pasaron dos horas. Hacía tanto calor que abrí los ojos, Italia tenía un cierto parecido con Madrid. Nos bajamos, comimos y dimos un paseo de hora y media. La catedral del Duomo era impresionante, así como todas las grandes marcas como Gucci y Prada.
La siguiente parada era la cuna de Romeo y Julieta: Verona. Visitamos el anfiteatro y el balcón de Julieta, antes de llegar a él había una pared repleta de grafitis y dedicatorias y yo contribuí a llenarla más, sólo para dejar mi huella. También fuimos a un edificio con una larga escalera, que según cuenta la leyenda, si pides un deseo y bajas de espaldas tu deseo se cumple. N me miró con cara de "sé lo que acabas de pedir". Mientras bajaba era todo un espectáculo porque tenía unas botas con tacón, incluso me aplaudieron! Luego acabamos en Padua, era ya de noche y todo estaba cerrado.
Finalmente, llegamos al hotel, las habitaciones eran pequeñas y cuádruples. En seguida bajamos a cenar, había pasta y pollo. Después fuimos a caminar por la playa, algunos se quitaron los zapatos, lo que no sabían era que el suelo y la arena estaban helados. Por supuesto, cuando el frío penetró en sus delicados pies desnudos comenzaron a chillar como si caminaran sobre cristales rotos.
Al volver al hotel nos dimos cuenta de que había una fiesta al lado, así que algunos apostaron a que no dormirían en toda la noche. Eso sí, antes subieron a las habitaciones, donde nos duchamos y nos reunimos con los profes para charlar (e intentar colar una zapatilla entre las aspas del ventilador de techo). Como no hablaban de nada interesante, la mitad nos largamos.

martes, 16 de junio de 2015

Mi experiencia con SELECTIVIDAD

No suelo escribir con mayúsculas pero...HE ACABADO SELECTIVIDAD. Pensé que sería peor pero acabé echando de menos ir hasta la Universidad, subir a clase y esperar a que nombraran a toda la coalición de los Díaz y los Domínguez para poder entrar. Pasó como una estrella fugaz y ahora que tengo todo el tiempo del mundo siento un vacío que aún no sé rellenar.
El primer día fue el más intenso de todos, apenas había dormido, sin embargo la preocupación que llevaba encima me mantenía en pie y con una carga de adrenalina. La noche anterior me aseguré de echar todo lo que "me hacía falta" en el bolso (por la mañana me había sangrado la nariz, no sé si por calor o por nervios): DNI, un abanico (para calmarme), chocolate (para depresiones y posibles bajadas de azúcar), resúmenes para aportar seguridad, auriculares para perderme entre melodías, el recibo de pago...Por la mañana mi padre me hizo el desayuno y me llevó en coche, siguiendo las órdenes del GPS. Había tráfico y nos quedaban aproximadamente dos kilómetros cuando nos confundimos de calle, lo cual significaron más kilómetros y más desesperación.
Una vez ahí cada uno iba a su respectiva clase de la mano de la profe, como una madre llevando a sus hijos al cole; yo fui la última en soltarla. Mi clase estaba en la primera planta del cuarto edificio, detrás de una puerta que daba a un largo pasillo, al cual le llegaba luz por unos grandes ventanales. Todos estaban repasando, pero yo me senté a escuchar música para no agobiarme. De repente el de al lado me habló, y estuvimos barajando lo que podía caer en cada asignatura hasta que empezó el llamamiento. Después de dejar las cosas en la tarima del aula, me eché colonia para evitar la sudoración de las manos. Nos habían dado un buen rato para hacer ejercicios de relajación y rezar a San Pancracio. Minutos antes de que empezaran a repartir los exámenes, charlé con la chica que estaba detrás, ella tampoco había dormido anoche.
El examen de Lengua fue el primero y noté que lo fue, mi mano aún se estaba adaptando al boli y no daba más de sí, tardé media hora en escribir la literatura, era como escribir con la mano congelada por el frío del invierno. Después venía el tomate, Historia y/o Filo, pero una vez terminado, todos estaban en el césped disfrutando del preveraneo, el hambre había erradicado los repasos; Inglés era Inglés.

El segundo día sólo tuve el de CTM (Ciencias de la Tierra y Medioambientales) por la tarde, que fue inaugurado con una fuerte e inesperada lluvia. En dos minutos tenía medio cuerpo empapado y el agua caía más deprisa que en la alcachofa de la ducha. No nos lo esperábamos porque a pesar de que no hacía un sol espléndido, no pensamos que podría llover, y tanto. Aunque fue realmente divertido correr bajo la lluvia chillando y soltando carcajadas porque alguien había saltado un charco sin querer.
Al llegar al edificio ya estaba completamente mojada. La profe venía con una amiga, quien antes de saludarme puso la mano en mi pantalón para comprobar si estaba así porque era un diseño particular. No, no lo era. Intenté secarme con la secadora del baño, era inútil, seguía como un pollito recién nacido. Mis zapatos estaban tan encharcados que preferí quitármelos e ir descalza. Para colmo, el aire acondicionado estaba encendido, era escribir una frase y estornudar, escribir otra y mucosear. Raramente, volviendo en tren ya estaba seca otra vez, el sol volvió a salir y el cielo comenzó a despejarse.
En cuanto al último día, no estaba para nada nerviosa. Había llegado incluso a hacer amigos, con los que grabé un vídeo despidiéndonos de la PAU. El infierno había dejado de existir, no obstante, más que felicidad sentí unas ganas tremendas de volver a casa y, sobre todo, nostalgia: "Todo ha acabado, ¿y ahora qué?".