"No importa de dónde vienes, sino a dónde vas".

"Si puedes soñarlo puedes hacerlo".

jueves, 29 de diciembre de 2016

De infiltrada en una boda

16 de julio de 2016

He estado tanto tiempo pensando en lo que me iba a poner y en el peinado que se me ha hecho tarde. Salí de casa a toda pastilla, con un vestido con encaje color menta, un bolso grande y chanclas, sí, las prisas...Iba a coger el bus con K, pero se enfadó conmigo porque no le cogía el móvil, así que fui sola. Por el camino me estaba deshidratando, cuando un hombre con dos hijas empezó a preguntarme mi nombre, el sitio al que iba, edad, etc, y yo, disimuladamente, empecé a andar más rápido. ¡Por fin había llegado al número 19! Había muy poca gente, pero poco a poco fueron llegando más invitados. Lucían esmoquins, tacones de aguja, pajaritas, bolsos y vestidos perfectamente conjuntados, que contrastaban con mis chanclas (qué vergüenza). Estuve media hora disculpándome e intentando convencer a K para que viniese. Estar rodeado de gente que no conoces, que se conocen entre ellos, es raro e incómodo como las escenas de sexo al lado de tus padres.

Más tarde, E, M y yo fuimos a buscar a K. Siempre quise saber cómo era sentir esa explosión de adrenalina de la que me habló un día L, cuando se subió a una moto en la finca de su tío, donde por cierto vio un...¿zorro? Os aseguro que recorrer este pueblo subida en la parte trasera de una silla de ruedas eléctrica es muy parecido. A pesar de que acabamos yendo en la dirección contraria y K se volvió a enfadar porque le hicimos esperar una hora, volvimos a aquella casa que temblaba por el gran número de decibelios que destilaba. Aquí es donde supe lo absurdo que era preocuparse de que este año cumpliste diecinueve, que el año que viene ya cambias de cifra, y que el siguiente tendrás casi dos patitos (22). Porque cuando ves que la gente baila, se sabe muy bien las canciones y se pone guapa para luego comprobar si el rímel o los peinados son a prueba de agua independientemente de la edad que tengan, se te alivia la depresión post-dieciocho. Te das cuenta de que son pocas las cosas que puedes hacer con dieciocho que no puedas hacer con cincuenta.

Después de un par de copas, conocer al DJ que jamás puso la canción que quería y hacer el reparto de camas donde dormiríamos, nos metimos en la piscina, el único sitio que prometía no anochecer nunca. Dentro del agua me dio un tirón en la pierna, nunca se me han dado bien los deportes. Al recuperarme, se acercó un amigo de E, borracho, que intentó hacer de alcahuete para unirme con M. Como tenía que inclinarse para hablarme, al final se cayó a la piscina.

Luego, salimos a dar un paseo por una arboleda, cuyas farolas brillaban por su ausencia. Recorrimos alrededor de un kilómetro, sin tener ni idea de dónde estábamos exactamente y sin móviles (por creer que los otros sí se llevarían el móvil). Cuando me quise dar cuenta K y E ya no estaban, me habían dejado a solas con M. ¿Que qué pasó entre nosotros? Mejor os digo cómo terminó este ingenioso proyecto con fines románticos. M se quedó atrapado en una cuneta y nos tuvo que ayudar la Guardia Civil para sacarlo de allí.

Cuando volvimos ya eran las tres de la mañana. La casa estaba desordenada y silenciosa, y el padre de E furioso porque nos estaba buscando y le habíamos dicho que sólo sería "una vuelta". La mitad de gente estaba durmiendo en los colchones en medio del salón, en los sofás, en las habitaciones...La boda acabó a las cuatro de la mañana con una discusión entre E y su padre y un viaje de vuelta a casa en el coche del DJ.