"No importa de dónde vienes, sino a dónde vas".

"Si puedes soñarlo puedes hacerlo".

domingo, 22 de marzo de 2015

Perder el hilo

La vida da muchas vueltas, podemos hablar con personas con las que jamás creímos que dirigiríamos la palabra, encontrarnos dos veces en un mismo día con una amiga fuera del país, hacer lo que dijimos en el pasado que nunca haríamos...Pero a medida que lo nuevo va sustituyendo a lo viejo parece que estoy en otro universo y veo el mundo desde otro ángulo.
Soy una de las que les cuesta olvidar lo vivido, una a la que los buenos momentos le dejan una profunda huella, una de las que no concibe que hay situaciones que no se repiten. A veces tengo el inocente pensamiento de que puedo recuperar amistades perdidas, volver a cultivarlas y hacer como si el viento no se hubiese llevado nada, lo que es equivalente a intentar tocarse el codo con la punta de la lengua. Una vez que se pierde el hilo es difícil volver a estar cerca de una persona con la que estabas habitualmente porque no sabes qué temas de conversación proponer, hemos cambiado, ya no sabemos cómo es el otro sino cómo solía ser.
Lo importante de los recuerdos no es lo que ocurrió, sino cómo nos sentimos. En todo este tiempo no he hecho más que engañarme, no digo "adiós" en las conversaciones interesantes porque quiero dejarlas abiertas para dar sensación de infinitud, para que no acaben y así prolongar mi felicidad al estar respondiendo y preguntando algo distinto del "hola, ¿qué tal?". También trato de reproducir circunstancias agradables para experimentar eudemonías pasadas. Y no, hay conversaciones que acaban sin "adiós" y volver a hacer lo mismo no me hace sentir lo mismo, pero a un "adiós" le puede seguir un "hola" y otros momentos y otras personas me pueden hacer alegre de otra manera. Ahora que sé que no puedo copiar y pegar momentos felices ya no temo perder el hilo del diálogo ni con nadie.

sábado, 21 de marzo de 2015

Metáfora del bizcocho

En mi familia no suele haber secretos, excepto el de que mi padre hizo en sus tiempos mozos un curso de repostería. Jamás comimos un dulce hecho por él, cada vez que sacamos el tema se excusa con razones débiles que desembocan en un "porque no". Será por esto que he desarrollado un interés por el mundo de la pastelería, me llama la atención y siempre he tenido la intención de hornear un buen bizcocho o batir un buen merengue suizo para crear en él el deseo de volver a endulzarse entre el azúcar glass.
Aún así sigo sin saber el verdadero motivo por el que ha abandonado la cocina de manera tan radical, aunque llegué a una hipótesis después de varios intentos montando nata y claras de huevo. Cuando comemos un trozo de bizcocho creemos que su proceso de elaboración es tan sencillo como el mecanismo del chupete: hay una lista de ingredientes, se echa todo en un bowl, se bate y al horno; luego nos sale una masa cruda por dentro, quemada por fuera y con forma de volcán. Eso fue lo que pensé y pasó lo que pasó: la nata se me descompuso porque no batí lo suficiente y hacía demasiado calor; confundí polvo para hornear y levadura; fundiendo chocolate blanco se me formó una pasta rara; amasando harina se me pegaba la pringosa mezcla entre los dedos...
La repostería es así de delicada, un solo error basta para que lo apetitoso se convierta en asqueroso. Supongo que mi padre está desinteresado porque sabe de sobra la energía que hay que invertir haciendo una mísera galleta. Sin duda comprándolo en el Mercadona acabamos antes, pero la gracia está en hacerlo uno mismo, todo está más delicioso (o melicioso) cuando lo haces tú porque añades un componente especial: amor.


Una tarde lluviosa de 2014
Estaba volviendo a mi casa y N me dijo que estaba triste porque ve que a su alrededor la gente podía permitirse el lujo de salir todos los fines de semana y relajarse mientras que ella se encerraba en su casa estudiando, "¿hago demasiado Melissa?". Se comparó con M, quien saca notas parecidas a ella y no hace ni la tercera parte de lo que hace ella. 
Para animarla se me ocurrió la metáfora del bizcocho, aplicando lo que la repostería me había enseñado: "N, cada persona es distinta y cada quien elige cómo hacer su propio bizcocho, lo que pasa es que tú lo haces de una manera y M de otra. No tienes que sentirte mal, estudiar para un examen es lo que todos deberían hacer y no hacen. Simplemente eres de los que siguen la receta al pie de la letra y te tomas tu tiempo tamizando harina, incorporándola poco a poco y a mano y los otros son de meter todo junto en un recipiente y batirlo con la batidora eléctrica para tardar menos. Al final tu bizcocho será el más esponjoso y rico de todos y el de los demás será comestible pero menos esponjoso y con grumos, incluso algunos pueden quedarse sin bizcocho porque los ingredientes pueden saltar por los aires si pulsan el turbo".

jueves, 19 de marzo de 2015

Una gran familia

Muchos estamos de acuerdo con que los nuevos alumnos de secundaria parecen cada vez más pequeños (algunos pasan a la ESO aún con algún diente de leche), que las canciones antiguas son las mejores y que mi promoción es una de las más vagas de la historia, reflejado en los catastróficos resultados del segundo trimestre con un total de 103 suspensos.
Llevamos de cinco a siete años juntos y a lo largo de este tiempo hemos ido aprendiendo a convivir y consolidar esta gran familia. Seguimos peleándonos por las fechas de los exámenes porque nunca nos ponemos de acuerdo, pero veo en nosotros una unión envidiable, sobre todo cuando L me cuenta que su antigua clase estaba fragmentada en mil grupos en los que ni entra ni sale nadie; "el todo es mayor la parte". También siento que hemos marcado una revolución y que lo que tenemos de perezosos lo tenemos de afortunados, en primero de Bachillerato íbamos predispuestos a impartir Ampliación de Inglés porque era la optativa que había desde hace muchos años y terminamos con Técnicas Experimentales, materia rara vez mencionada. Llegó la hora de rellenar el sobre de la matrícula de segundo y el problema era que algunos querían el itinerario Tecnológico y otros el de la Salud, el único itinerario que salía desde hace cinco años. La proporción era más o menos del 50%, éramos 22, sin embargo nos mordimos las uñas en varias ocasiones porque el mínimo de alumnos para un itinerario tenía que ser de diez y a veces salía 9. Esta preocupación nos acompañó hasta el día anterior al primer día de curso, cuando por fin el director dijo que habían salido ambos.

En primero nos propusieron un viaje de fin de curso a Italia, que no salió porque nos apuntamos muy pocos. Pensábamos que habíamos perdido la ocasión, no obstante, este año por primera vez ofertaron el viaje a segundo. El viaje salió adelante y será algo que recordaremos toda la vida: personas que despertaban con champú, el dolor de pies después de subir a la cúpula de Florencia, la discoteca móvil en el autocar, la canción que sonaba cuando partimos de Madrid (El Perdón, de Nicky Jam), los chubasqueros y paraguas por la lluvia en Roma, las palomas, los palos de selfies, las máscaras de Venecia, el Vaporetto, la pasta, la pizza, el helado, los láseres, el factor sorpresa de cada hotel y cada lugar (la disposición de las habitaciones, si eran triples o cuádruples, si era mejor o peor que el anterior, qué habrá de comer, qué tendrá de especial, etc), el Coliseo, el Vaticano, las risas, el trato tan cercano, amanecer bajo un mismo techo, las escasas horas de sueño, las prisas por bajar a desayunar y decir "buenos días"...Con este viaje somos oficialmente una gran familia.

martes, 10 de marzo de 2015

Cuentos

Una noche lluviosa de 2007
Tenía fiebre y faringitis, vomitaba todo lo que comía y me negaba a tomar la medicación, tuve un intento, pero lo eché fuera. Me volvieron a ofrecer comida y jarabe, negué todas las propuestas, no quería nada excepto dormir y que me dejaran en paz.
Después, se acercó mi tío a verme: "no puedes seguir así, tienes que comer algo y tomárte el jarabe". Entonces llegamos a un acuerdo, él me contaría tres cuentos si me comprometía a hacer lo que me dijeron. Algunas noches me contaba cuentos (normalmente uno o dos, tres era un lujazo), no eran de los clásicos como "Los tres cerditos" o "La Cenicienta" porque ya me los sabía de pe a pa, eran diferentes y por eso me atraían. Él fue profesor de Matemáticas aunque su vocación de joven era ser escritor.

Un domingo de febrero de 2015
Durante la semana me puede pasar de todo pero el domingo es el domingo y está reservado para mi familia, salgo con ellos todos los domingos por la tarde. Estábamos paseando por el Retiro, y al llegar al lago recibimos una llamada internacional (tenía más de diez dígitos), era mi cuentacuentos. Me pasaron el teléfono, le informé sobre hechos recientes de mi vida y acabó contándome un cuento relacionado con lo hablado: "Érase una vez un animal que quería llegar al otro lado de un río. Estaba a punto de tirarse al agua, pero otro animal le intentó alertar diciendo que hace unos días otro animal había hecho lo mismo para cruzar el río y murió ahogado. El primer animal se lo pensó mejor, se le ocurrió arrojar una piedra para determinar la profundidad del agua. Decidió lanzarse y terminó sano y salvo al otro lado".
La moraleja de este cuento es que no hay que tener tan en cuenta lo que nos dice la gente, por supuesto que hay que valorar los consejos y compartir opiniones, pero en última instancia somos nosotros los que decidimos. También hay que recordar que cada uno es diferente y lo que le pase al de al lado no tiene por qué pasarnos. A lo mejor el de al lado es como el animal que se ahogó por no tirar la piedra y tirarse por la parte más honda, o quizás era más pequeño y el agua le cubría entero. En fin, hay cosas que uno tiene que descubrir por sí mismo, y de manera segura claro.
Hoy en día me siguen gustando sus cuentos, rechazaría los medicamentos y la comida en mis ratos enfermizos sólo por dejarme sobornar por ellos.

viernes, 27 de febrero de 2015

No me mires que me desgasto

Seguí mi rutina de siempre: clases, comer, biblioteca. Me senté en una de las mesas colectivas, abrí el libro de Historia y empecé a estudiar. Había un chico un poco más mayor que yo en la mesa de enfrente, vale, como cualquier otro. Pasaron dos horas, estaba un poco cansada y me estiré procurando no convertirme en el centro de atención por desperezarme como un animal. Volví a echar la vista en ese chico. Tenía una camiseta color esmeralda acabada en pico que me recordaba a un cirujano, a la vez su cara me sonaba de un joven que representó a Frondoso en una obra teatral de Fuenteovejuna. 
De repente me devolvió la mirada y yo la esquivé para no parecer una acosadora, también porque quería reirme de lo que tenía en mente, la imagen de Frondoso y un cirujano, ¡a ver lo que pensaría! Después, me sentí observada durante media hora, no podía concentrarme e intentaba mirar cualquier cosa (estanterías, mesas) menos a él, pasaba las páginas del libro para disimular. Pensé que sería más cantoso mirar hacia cualquier dirección menos hacia adelante, así que cambié el ángulo. Al parecer sabía que evitaba mantener contacto visual con él y estaba esperando a que lo hiciera, me saludó sonriendo y yo cambié de color como un camaleón. Definitivamente Historia tenía que esperar a esa noche.
Hice un descanso con N y le conté lo ocurrido. Cuando volví a sentarme para estudiar, el señor esmeralda me volvió a saludar, esta vez con cara de "por fin has vuelto". La Medicina me tiene tan enferma mentalmente que no paro de pensar en un estudiante con una camiseta esmeralda que me recuerda a un médico, ese color es tan sexy...

sábado, 7 de febrero de 2015

Números

Dicen que la edad no importa porque sólo es un número, dicen que la estatura no importa porque es un número, dicen que la nota tampoco importa porque es otro número. Ojalá pudiera pensar que nada de esto importara. Sí, sólo son números pero me pesan.
Medir 153 cm es vivir al lado de un taburete; aparentar 12 cuando tienes 17 (podría decirse que es motivo de celebración el parecer más joven pero no el dar sensación de infantilismo o inmadurez); sentir como si fueras un liliputiense en un mundo de gigantes; bromear diciendo que eres alta porque perteneces a otra especie, Australopithecus; querer darle dos besos a alguien y no poder tomar la iniciativa para parecer simpática.
Sacar un notable nunca había sido un problema, pero de cientos de carreras quieres hacer Medicina. Un 8 implica una valeriana, un 7, sufrimiento, y un 6, lamentar tu existencia.
¿Por qué? ¿No sólo eran números? Sí, son sólo números al igual que "una cárcel es sólo una habitación". .

Olimpiadas de Biología

Nada pasó como lo planeaba, pero estoy muy contenta de cómo sucedió todo. Habíamos quedado a las tres menos cuarto en RENFE y llegué unos diez minutos tarde por sobreestimar mi condición física. Avisé a K de que tardaría un poco más y me comentó que cree haber visto a los de cuarto (se supone que nos íbamos juntos) y se acababan de marchar. Me sentí culpable porque pensaba que la prueba empezaba a las cuatro y el trayecto dura una hora, así que corrí como pude.
Cogimos los billetes en ventanilla y desde que nos montamos en el tren estuvimos cronometrando el tiempo empleado en cada parada, si eran cinco minutos chillábamos de alegría y si el tren se ralentizaba, decíamos: "No vamos a llegar".
Por otro lado, me preocupé porque no tenía el número del profe y deberíamos de estar en contacto para organizarnos. Uno de los que participaban tenía una hermana en la clase de al lado, como no tenía su número llamé a otra compañera para que me diera el número de su hermana y así poder llamarla. Saltó el buzón de voz. Llamé a otro compañero y al final obtuve el número de la hermana de la concursante, sólo que su respuesta fue: "Ella no tiene móvil" :| No pasa nada, queda el otro chico, pensé en M, la mejor amiga de mi hermana que tiene como mejor amigo a un conocido del segundo participante. Misión cumplida, tengo su teléfono y pulso la tecla de Llamar. De repente recibo una llamada entrante de un número desconocido, sin embargo, los nervios de K contribuyeron a colgar la llamada. ¿Será alguien sin importancia? Devolví la llamada, era mi profe, nos esperaba en la estación. Nos aliviamos por un momento, aunque seguíamos pensando que las Olimpiadas se celebraban a las cuatro. Cuatro paradas, tres...K, ¿cuántas paradas quedan? Una, Chamartín y ya está. ("Próxima parada, Fuencarral") Nos quedamos atónitas, ¿Fuencarral?
Nos bajamos del tren y el profe estaba esperando en el andén, nos tomó una foto en la que salimos con cara de preocupación y amargura (cara de no nos va a dar tiempo). Resulta que mientras nosotras estábamos creando una mega cadena de amigos para la búsqueda de sus teléfonos, ellos hacían lo mismo. A veces cuando estás buscando algo, ese algo también te puede estar buscando.
Las Olimpiadas eran a las cuatro y media, así que flow. Después de la prueba, debatimos las preguntas y tuvimos una nueva impresión del profe, la verdad es que los profesores son muy distintos dentro y fuera de clase. No me había reído como hoy en meses.
Al regresar, K y yo dimos una vuelta y compartimos un kebap mientras seguíamos haciendo chistes frikis sobre Biología. También concluimos que es imposible comerse un kebap sin que salga la lechuga, la carne y las salsas. Fue un día maravilloso :)